Cómo afrontar la disfasia en los
niños: Cuando el silencio es sinónimo
de un trastorno
Pamela Elgueda
Martes 9 de Noviembre de 2004
De causa aún
desconocida, la disfasia es una alteración
severa del desarrollo del lenguaje, tanto en el
ámbito comprensivo como expresivo. A grandes
rasgos, a los dos o tres años no manejan
casi ninguna palabra, no miran a los ojos, no
se relacionan con otros ni tienen juegos simbólicos.
Aunque esto no significa que sean poco inteligentes,
hasta hace muy poco eran rotulados como retrasados
mentales e incluso hasta hoy se los confunde con
los autistas. Y aunque existen terapias y centros
integrales que logran sacarlos adelante, los tratamientos
no están al alcance de todos quienes los
necesitan.
Texto Ximena Urrejola B. Fotografía Carla
Pinilla
vicente dice su nombre y muestra sus cuatro dedos
cuando le preguntan qué edad tiene, al
mismo tiempo que dice cuatro. Se ríe, contesta
preguntas, mira a los ojos, juega paletas en el
living de su casa, posa feliz para las fotos.
Incluso simula un excelente swing mientras su
mamá cuenta que le encanta jugar golf en
el club Sport Francés. Nada de esto sería
sorprendente si no fuera porque hasta pasados
los tres años Vicente no decía más
de cinco palabras y, además, mal. Pero,
además, no entendía cuando alguien
le hablaba, se comunicaba por gestos, no miraba
a los ojos, y las pataletas más terribles
eran pan de cada día.
La mamá, Patricia Labbé, cuenta
la historia de Vicente, un niño que a los
cuatro años, y después de una terapia
intensiva con fonoaudióloga y terapeuta
ocupacional durante un año completo ha
mejorado una enormidad, pero que, aun así,
le falta otra enormidad para llegar, quizá,
a llevar una vida normal. Un esfuerzo enorme y
constante que tienen que sobrellevar los niños
con disfasia y sus familias.
En el sentido amplio, la disfasia es una alteración
severa del desarrollo del lenguaje, tanto en el
ámbito comprensivo como expresivo, que
puede ser de diferentes grados, pero que no tiene
causas orgánicas evidentes o detectables.
Es decir, no se debe a un déficit intelectual
o auditivo, a un trastorno neurológico
ni a otras patologías, explica Miguel
Higuera, fonoaudiólogo de CERIL (Centro
del Desarrollo Infanto Juvenil).
Ese origen desconocido fue justamente el que
confundió a Patricia, quien tuvo un muy
buen embarazo, su hijo nació a las cuarenta
semanas y en el test de Apgar obtuvo 9/10, un
puntaje muy normal. Ella recuerda que el niño
crecía, que avanzaba, pero que era malo
para balbucear. Pero nada que llamara la atención.
Más adelante se dio cuenta de que su hijo
podía quedarse un par de horas dando vueltas
una rueda. Y que cuando corría y lo llamaba
"no pescaba". "Llegué a
pensar que era sordo. Le hice dos audiometrías".
Le hicieron todo tipo de exámenes y la
conclusión fue que a pesar de que Vicente
tenía tres años, en el área
del lenguaje registraba la madurez de un niño
de un año y medio. Recuerda Patricia: "Yo
sabía que él tenía problemas,
pero que te lo diga un especialista es fuerte,
lapidario. Y no me convencí hasta que en
el jardín infantil todos pasaron de curso
y él se quedó. Ahí dije:
estamos en problemas. Después nos agarrábamos
la cabeza por no habernos dado cuenta antes. Pero
uno se deja estar, cree que son tonteras de niño
chico, que ya va a hablar".
Miguel Higuera explica que los niños como
Vicente traducen este trastorno en un retraso
cronológico en la adquisición del
lenguaje, y como a través de éste
se consigue organizar el pensamiento, canalizar
los aprendizajes y regular las conductas, se pueden
constatar déficit secundarios de la percepción,
cognitivos, sicomotores, afectivos y de relaciones
con los demás. En otras palabras, la disfasia
puede comprometer la formación de las palabras,
la pronunciación, la formación de
frases y también la capacidad del niño
para desarrollar relaciones de significado con
otras personas. Sin embargo, son capaces de suplir
sus deficiencias con gestos o manipulan a los
demás con llantos o pataletas.
Pilar Vásquez y Mathias Reisenegger, padres
de cuatro niños hombres, se dieron cuenta
de que algo inusual pasaba con su hijo Martin,
hoy de tres años, durante unas vacaciones
de invierno en las Termas de Chillán. "Lo
llevamos al jardín infantil del lugar y
la parvularia nos dijo que tenía algo raro,
descontando que aunque tenía dos años
y medio, no hablaba nada. Pero como era el cuarto
hombre, el más chico, pensábamos
que era de regalón. Además, todo
lo que quería lo conseguía, porque
él va y te lo hace saber de alguna manera.
Se las arreglaba".
Pilar recuerda que su hijo fue una guagua súper
normal, que dormía toda la noche, que comía
bien y sano, que se reía, que miraba sin
problemas a la cámara cuando le iban a
sacar fotos; "nunca vi nada extraño",
dice. Sin embargo, a los dos años y medio
le diagnosticaron un retraso severo provocado
por la falta de lenguaje y le recomendaron un
tratamiento integral e intensivo con un terapeuta
ocupacional y un fonoaudiólogo, sin fecha
de término, y les explicaron a ella y su
marido que algunos niños disfásicos
pueden necesitar un soporte profesional casi de
por vida. "Martin lleva tres meses de tratamiento
y ha mejorado de manera increíble. Me dice
vamos, gracias, ése, y apunta con el dedo
cuando quiere algo, y eso es un tremendo logro.
Todavía no dice mamá. Pero recibe
y obedece órdenes. Ahora está entrando
solo a la terapia, mientras que al principio lo
hacía conmigo", cuenta.
No es autismo
La fonoaudióloga que trata a Vicente,
Verónica Pesse, con 21 años de experiencia
en el tema, explica que la disfasia puede ser
vista como un trastorno de la comunicación
o como un trastorno específico del lenguaje,
dependiendo de la escuela que se haya dedicado
a investigarla. "Por lo tanto, no es raro
que recibamos a un niño con un diagnóstico
de disfasia y que a nosotros nos parezca como
algo muy liviano, un chico con todas las posibilidades.
Y, por otro lado, te puedes encontrar con un niño
con un diagnóstico de disfasia y nosotros
encontramos que está dentro de los trastornos
de la comunicación y se asemeja más
a un autista", dice, refiriéndose
al equipo interdisciplinario con que trabaja y
a que los padres tienen que buscar varias opiniones
antes de ubicar a su hijo en una patología
determinada.
Porque lo primero que hay que aclarar es que
la disfasia no es autismo. Verónica Pesse:
"A pesar de que en etapas tempranas comparten
algunos síntomas, se trata de patologías
distintas porque incluso obedecen a dificultades
en diferentes hemisferios del cerebro". Las
causas de la disfasia se están estudiando
y no hay una conclusión certera. Se habla
de daños al sistema nervioso central por
herencia, de exposición a toxinas o radiación
durante el embarazo, prematurez extrema. Y también
de factores posnatales, como traumatismos, infecciones,
epilepsia. "Se podría llegar a decir
que hay tantas causas como niños",
dice Miguel Higuera.
Sin embargo, una de las tesis más aceptadas
es, según el neurosiquiatra infantil
Alfonso Correa de CERIL (Centro del Desarrollo
Infanto Juvenil)., que "a fines
del tercer trimestre del embarazo puede haber
un problema en la migración celular en
las neuronas que van a las áreas involucradas
en el lenguaje".
Cuándo preocuparse
Mientras más precozmente se inicia el
tratamiento es mejor para el niño. Por
lo tanto, es importante observar desde los primeros
meses de vida a los lactantes que presentan algunas
conductas que pueden llegar a ser sospechosas.
Por ejemplo, como dice Verónica Pesse,
"si a los ocho o nueve meses una guagua no
establece relaciones recíprocas de goce,
en que llega la mamá y se nota que se pone
contento, o si a los cinco meses lo sacan a la
calle en el coche y se irrita y llora desconsoladamente
por el ruido, o si no puede ir a ninguna parte
en la silla nido porque siempre está incomodo,
hay que observarla".
Miguel Higuera, fonoaudiólogo
de Martin, señala otros signos clave: "Son
niños que hicieron menos sonidos cuando
guaguas, que tuvieron menos balbuceo, algunos
se sentaron más tarde o caminaron más
tarde o gatearon poco y, además, exploran
menos el mundo. Normalmente, desde los seis meses
en adelante las guaguas empiezan a producir muchos
sonidos. Entre los 18 y los 24 meses un niño
puede manejar 300 o más palabras, aunque
estén mal dichas; un niño disfásico
a esa edad o tiene muy pocas palabras o no tiene
y comprende muy poco o nada. A los 18 meses un
niño señala lo que él quiere.
Mira el rostro y mira lo que el otro hace. Hace
gestos y entiende gestos y tiene juegos simbólicos:
le da agua de mentira a la muñeca, etcétera.
Tiene rutinas sociales, dice hola, chao, sabe
cuáles son sus juguetes, reconoce a su
gente. A los 24 meses combinan dos palabras, tienen
lo que se llama la gramática pivotal".
Explica, por lo tanto, que los disfásicos
tienden a frustrarse porque nada de esto les ocurre,
no se pueden comunicar, entonces son difíciles
de manejar, son pataleteros.
Otras características generales son la
ecolalia (niños que sin tener lenguaje
son capaces de repetir un parlamento pequeño
de una película de monitos); no hacen contacto
visual; son sensorialmente complejos (pueden tener
un umbral muy bajo frente a un estímulo,
como llorar a gritos cuando se pasa la aspiradora
o, al revés, se pueden caer muy fuerte
pero no lloran porque no les duele); tienen un
lenguaje propio e inconsistente y son niños
muy rígidos, a los que, por ejemplo, cuesta
un mundo ponerles un polerón aunque haga
frío o comprarles zapatos nuevos o cortarles
las uñas o lavarles el pelo o cambiarles
una rutina porque pueden aparecer la angustia
y las pataletas.
Niños desvalidos
Miguel Higuera señala que uno de los grandes
problemas es que hay muchos pediatras que no saben
enfrentar la disfasia: "Es importante que
se preparen mejor en lo que se refiere a problemas
del lenguaje, porque muchas veces los padres les
comentan que el niño no habla y les contesta:
No se preocupen, si ya lo hará. Es tan
serio el asunto que, por ejemplo, si un niño
a los 18 meses no te mira al rostro permanentemente
y te sonríe, no señala lo que quiere
y, además, no tiene juegos simbólicos,
en el 90 por ciento de los casos, a los cinco
años va a ser diagnosticado como autista.
Por eso es tan importante que la sociedad conozca
este tema".
El tratamiento integral de la disfasia es caro.
Dos sesiones a la semana de fonoaudiólogo
y una de terapeuta ocupacional puede salir más
de 350 mil pesos en un mes de cuatro semanas.
Por lo tanto, hay montones de niños de
todo Chile que están absolutamente desvalidos
porque no tienen los medios o porque en sus ciudades
no existen especialistas capacitados para enfrentar
el trastorno. Además, la disfasia no está
contemplada en el Plan Auge, las isapres cubren
un mínimo de sesiones de fonoaudiología
y las escuelas de lenguaje subvencionadas no los
atienden porque son "niños difíciles".
Pero lo que más piden las mamás
es información, un manual o algo que las
ayude a estimular a sus hijos en las casas, porque
lo ideal es que trabajar con ellos las 24 horas.
Sin embargo, hoy no hay nada.
El pronóstico de un niño con disfasia
depende del diagnóstico, de si está
o no comprometida su capacidad intelectual y qué
otros ámbitos del desarrollo están
implicados. Junto con eso tiene que haber un compromiso
de la familia, y no que ésta le entregue
a los profesionales la responsabilidad de que
el niño salga adelante. También
está el tema de los colegios y de la integración
que, según los especialistas, aún
está en pañales. De todas maneras,
Verónica Pesse es optimista: "Hay
niños con disfasia que van a tener un maravilloso
perfil, y en el futuro pocos se darán cuenta
que tuvieron este trastorno".