por
Karen Repetur Safrany. Psicóloga Clínica
CERIL / Pontificia Universidad Católica
de Chile / Magíster en Psicopatología
Clínica Infanto Juvenil Universitat
Autónoma de Barcelona.
Aprendamos algo más sobre los Trastornos
de Aprendizaje (TEA):
Los trastornos
de aprendizaje abarcan un amplio abanico de problemas
en el rendimiento académico, cuando estos
problemas no se explican por retardo mental, trastornos
neurológicos, deficiencias sensoriales,
trastornos emocionales o métodos de enseñanza
inadecuados.
Diferentes funciones neuropsicológicas
lingüísticas, motoras y perceptivas
intervienen y producen dificultades de rendimiento
en la escritura, la lectura o la matemática.
Hay cierta discusión respecto a la conceptualización
de trastornos generales y específicos,
pero se puede decir que los trastornos generales
del aprendizaje se caracterizan por un rendimiento
insuficiente en casi todas las áreas de
enseñanza o por una lentitud marcada para
avanzar y seguir el ritmo de los demás
compañeros de clase. Muchas veces estas
dificultades generales pueden corregirse dentro
del sistema escolar, realizando pequeñas
variaciones al nivel que sea necesario.
En el caso de los trastornos específicos
(TEA), estos se clasifican en trastornos específicos
de la lectura; trastornos de la escritura y trastornos
del cálculo. Aquí se afecta el rendimiento
a nivel cuantitativo o cualitativo en un área
específica, y requieren un diagnóstico
especializado. Este diagnóstico incluye
la historia escolar, del desarrollo y familiar
del niño, así como la aplicación
de pruebas específicas para evaluar los
procesos involucrados en la lecto escritura y/
o el cálculo, según el caso.
Los trastornos de aprendizaje se diagnostican
en los primeros años de educación
formal generalmente, aunque los déficits
que participan en estos trastornos ya están
presentes en el preescolar y podrían ser
detectados a través de problemas para vestirse
solo, para comer por sí mismo, etc.
La prevalencia es de un 5 a 10% de la población
general, y es 3 a 5 veces más frecuente
en niños que en niñas. La etiología
no está totalmente clara, pero se presume
que es de tipo biológico, preferentemente
a nivel del sistema nervioso central. Las funciones
alteradas estarían asociadas a etiologías
o anatomías distintas. Problemas durante
la gestación, como malnutrición,
hipertensión arterial, consumo de alcohol
y drogas durante el embarazo; problemas perinatales
o postnatales y un factor genético también
han sido considerados factores etiológicos
que participan en estos trastornos.
Los trastornos de aprendizaje suelen asociarse
con diversos trastornos psiquiátricos,
como el déficit atencional, los trastornos
de conducta y el trastorno depresivo. Muchas veces
incluso se asocian a trastornos de personalidad
en la adolescencia o comienzo de la adultez. Como
decíamos anteriormente, los déficits
psicomotores, lingüísticos o viso
perceptivos suelen ser previos a que se manifieste
el trastorno, y eso significa que hay pobreza
en la coordinación psicomotora y el lenguaje
en varios casos. Los trastornos de aprendizaje
no son lo mismo que el trastorno por déficit
atencional, pero sí ocurre que suelen coexistir
y que hay que realizar diagnóstico diferencial,
porque los niños con trastorno de aprendizaje
suelen ser desorganizados y pobres en su planeamiento,
conductas que también se ven en los niños
con déficit atencional.
Muchas veces los niños consultan por trastornos
emocionales o conductuales que se dan conjuntamente
con el problema en el aprendizaje, por lo que
siempre es bueno que el profesional que reciba
al menor que consulta realice una historia del
desarrollo y escolar exhaustivas, y en caso de
sospechas, se evalúe la presencia de estos
trastornos.
Dado que en ellos hay déficit neuropsicológicos,
la evaluación de un neurólogo ayuda
a discernir las causas del trastorno y las áreas
neurofisiológicas mayormente afectadas.
El psiquiatra puede descartar patología
psiquiátrica concomitante o que sea el
verdadero trastorno que explique las dificultades
existentes. El psicólogo puede evaluar
la presencia de trastornos cognitivos, emocionales
o de la personalidad que coexisten con el trastorno
del aprendizaje o que explican las dificultades
y descartan esa hipótesis diagnóstica.
Finalmente, el psicopedagogo aplica pruebas específicas
que evalúan las funciones neuropsicológicas
alteradas y los procesos de aprendizaje deficitarios.
La familia cumple un rol muy importante, y muchas
veces es necesario trabajar con los padres para
promover una actitud de aceptación y ayuda
en las dificultades de su hijo.
Estos niños suelen tener baja autoestima
y emociones negativas asociadas a ir al colegio,
porque sienten que son diferentes y que no encajan
con el resto del grupo curso. En estratos socioeconómicos
más bajos, en los cuales muchas veces los
padres no terminaron la escolaridad media, se
encuentra que detrás de un porcentaje de
niños que abandonan el colegio había
un trastorno de aprendizaje sin detectar ni tratar.
El tratamiento de los trastornos de aprendizaje
requiere de un equipo en el que debería
haber psiquiatras, neurólogos, psicólogos,
psicopedagogos y profesores, con un profesional
a cargo del caso, que coordine el tratamiento
y las intervenciones del resto del equipo. Hay
distintos niveles de intervención, ya que
el trastorno afecta al menor, su familia y la
escuela. Por eso suele consistir de sesiones de
psicopedagogía, en las que se trabajan
las funciones deficitarias y se refuerzan las
sanas; orientación y educación a
los padres respecto al trastorno, sus causas,
riesgos, pronóstico y tratamiento; apoyo
a los padres para lograr adoptar la posición
adecuada frente al problema; trabajo con los padres,
el niño y la escuela para desarrollar hábitos
de estudio y adecuar las exigencias y evaluación
escolares a las características del niño.
El tratamiento más efectivo es el que
se hace precozmente, de manera individual e intensiva,
y puede durar entre seis meses y dos o tres años.
En establecimientos educacionales subvencionados,
los grupos de educación diferencial pueden
ser una alternativa si el tratamiento individual
no es posible. En general el trastorno suele persistir
en la adolescencia y en la adultez, pero un tratamiento
oportuno puede ayudar mucho a paliar las deficiencias
y disminuir problemas asociados, como baja autoestima
y deserción escolar. En la adolescencia
es frecuente que la exigencia de nuevas habilidades
conlleve reanudar el apoyo psicopedagógico.
El pronóstico es variable, depende del
nivel intelectual del niño, severidad del
trastorno, ayuda y flexibilidad del sistema escolar,
comprensión y colaboración de los
padres, presencia o ausencia de psicopatología
asociada, rapidez o tardanza en su detección,
y de la presencia o ausencia de una intervención
adecuada. En ausencia de intervención apropiada
el pronóstico es pobre.
Bibliografía
Montt, María Elena (2003): Trastornos
de Aprendizaje. En : Psicopatología Infantil
y de la Adolescencia. Almonte, C., Montt, M. E.
y Correa, A (eds.), editorial Mediterráneo,
santiago de Chile.
Torres, Patricia y Poblete, Carmen (1994): Mal
Rendimiento Escolar. En: Psiquiatría del
Niño y del Adolescente, Montenegro, H y
Guajardo, H (eds.), editorial Salvador, primera
edición, santiago de Chile.
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